#EditorialHi: "Hasta siempre", por María Belén Aramburu


Comenzó el duelo de cada uno de los familiares y amigos de los 44 tripulantes del ARA San Juan. 
Comenzó el duelo de cada uno de los argentinos que vivimos el dolor y la angustia junto con los familiares como si fuésemos ellos. Porque de alguna manera lo somos. Conocemos sus historias. Nos solidarizamos desde el primer minuto en que comenzó el operativo de búsqueda y rescate. Hasta que éste tuvo su punto final. El SAR, Search and Rescue, tiene como objetivo, se dijo ayer, "el salvamento de personas, con el fin de preservar la vida humana". El protocolo se estableció solamente para la búsqueda. Y, si el submarino se encontrase a más de 500 metros de profundidad, las operaciones llegarán a su fin. 

Los tripulantes ya no serán buscados con vida. 
Para Luis Tagliapietra, padre del teniente de corbeta Damián Tagliapietra, tienen que seguir buscándolos con vida.
El ARA San Juan tuvo su última comunicación a las 7.30 hs el 15 de noviembre cuando se encontraba a 432 km de la costa. 
Más tarde se supo que, a las 3 hs, la Organización del Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares había registrado un incidente violento consistente en una explosión, ruido similar al captado por los Estados Unidos a través de una "anomalía hidroacústica". 
A los dos días se activó la búsqueda con naves y material de la Armada Argentina, a la que luego se sumaron 18 países.
Intentos de llamados satelitales. Se comprobó que no eran del ARA San Juan. 
Un "ruido" a 200 metros de profundidad y 360 km de la Península de Valdés. No era del submarino. 
Una balsa vacía en el mar. Bengalas cerca del lugar donde era buscado. No le pertenecían. 

Mientras tanto iba llegando el auxilio de países solidarios. 
Desde Rusia el Antonov con un grupo de rescate y un vehículo minisumergible teledirigido. 
Descartándose que estuviese en superficie, desde Comodoro Rivadavia se despidió con banderas y brazos en alto al buque noruego Sophie Siem con el minisubmarino norteamericano del Escuadrón de Rescate de Submarinos a bordo. 
Se fue acotando la zona de búsqueda. Quedó en un radio de 40 km. 
Se rastrilló el 68% del área de búsqueda. Mientras tanto se dio intervención a la justicia con jurisdicción en Caleta Olivia a través de la jueza Marta Yáñez. La magistrada aseguró que el Estado, mediante el Ministerio de Defensa, dictaminó que la información no está alcanzada por el secreto militar y podrá formar parte del expediente. 

Estuvimos atentos a las inclemencias meteorológicas que no permitían el acercamiento a la zona. 
Más tarde vinieron las mejoras. Del tiempo. Pero no de las noticias. Se terminó el operativo de rescate. 
Se escucharon las palabras del vocero de la Armada golpear nuestros corazones: "no se encontró evidencia alguna del naufragio en las zonas exploradas" para después conocer la desazón: "ya transcurrió el doble de tiempo en que se estimaba podrían ser rescatados".

El SAR, Search and Rescue, búsqueda y rescate, tiene la misión de buscar personas en peligro con el fin de preservar la vida humana. A los 44 tripulantes ya no se los busca más para ser rescatados. 
Los familiares comenzaron a hacer su duelo. 
Cada uno de nosotros también. Ya no los estaremos buscando para rescatarlos. Como escribí en mi editorial anterior, me duele el alma. Hoy el dolor es más fuerte. Y sé que hay otras noticias. Que el mundo estará pendiente del sorteo del Mundial. Pero mi corazón estará en otro lugar. En el abrazo del Alma que se da cuando los brazos no llegan ni alcanzan para contener tanto sufrimiento y dolor. Cuando no se puede llevar una flor, aunque más no sea una flor, para despedir a un ser querido. Cuando no se ve el cuerpo, se sabe, es muy difícil transitar las distintas etapas del duelo para llegar a la aceptación y poder despedirlo en paz. 

Para algunos una llamita de esperanza queda. Otros, la apagaron desde que se supo de la explosión. Tal es el caso de Itatí Leguizamón. Muy creyente. Comenzó a despedirse de su marido hace días. Haberse considerado viuda le valió el repudio y rechazo de varios familiares de los tripulantes que conservaban la esperanza de que fueran rescatados con vidas. Pero cuando la entrevisté ayer, supe que había aceptado la postura de los demás, respetándolos. Supe que, ante las noticias que se hacían públicas, había comenzado a transitar la etapa de aceptación para rescatar los lindos recuerdos de los que hoy se aferra. De las fotos junto a su marido. De cómo se conocieron misionando. Sacó una esquela y la leyó. Fue la última que él le escribió. Un hombre espiritual, sabio y profundo. Le dijo que la amaba y la iba a extrañar. Sacó otras cartas. Él le hablaba de la felicidad. De su pasión por ser submarinista. Y calmaba la distancia que generaban sus viajes con dulces y amorosas palabras que la invitaban a que ella también buscase su felicidad en aquello que le gustaba hacer. Una relación en que el anclaje en Dios los unía más allá de todo. Es su fe en Dios lo que a Itatí le permite trascender el dolor para transmutarlo en la permanencia de su ser querido en su propio Ser, tomando a la muerte, como un regreso a la Fuente de donde venimos. Reza todos los días. Pedía, contó, que se hiciese la Voluntad de Dios. Ella profesa la fe católica. Más allá de la religión que se abrace se sabe que la espiritualidad permite atravesar los más duros momentos de la vida en Paz reconociendo a su vez la Paz de quien ya no se encuentra físicamente entre nosotros.

La vida de Itatí, la de Marta, a quien también tuve el gusto de conocerla siendo hermana de otro de los tripulantes, también muy creyente, no será la misma. 
La vida de cada uno de nosotros tampoco será igual. Quedarán impresas en nuestras Almas las imágenes de los 44 tripulantes. Llevaremos en nuestros corazones sus historias. Acompañaremos en el dolor a sus familiares. 
Sabremos que las Almas de nuestros compatriotas estarán custodiando nuestros mares por siempre. 
A cada uno de ustedes: Hasta Siempre.

por María Belén Aramburu



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