#EditorialHi: "USA reconoce a Jerusalén capital de Israel", por María Belén Aramburu


Prácticamente todos los días es noticia.

Por supuesto que es el presidente de uno de los países más poderosos del mundo, cuyas decisiones tienen un efecto multiplicador en el resto. Y vaya si las tiene cuando a políticas migratorias se refiere con la consecuente construcción, al menos parcial, de un muro que plantea conflictos con su país vecino, México. 

Si reparan en la toma de decisiones de Donald Trump, advertirán que la mayoría contradice las establecidas por su antecesor Barack Obama, como la anterior para mencionar sólo un ejemplo de las tantas, que enfatiza la diferenciación respecto del último gobierno, marcando una fuerte tendencia a sus proyectos, hoy oficialistas.

Volviendo a las repercusiones a nivel internacional, la última tendrá uno de los mayores impactos en la relación de Estados Unidos con Medio Oriente y sus aliados. La orden de traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén podría derivar en un estallido de violencia. Advertido sobre el peligro de poner en jaque un proceso de paz débilmente establecido entre israelíes y palestinos, Donald Trump sigue adelante con la orden impartida al Departamento de Estado.

Veremos manifestaciones en las calles. Los palestinos se agolparán multitudinariamente ya que interpretan como una grave provocación, que la ciudad que desean se convierta en la capital de un Estado al que también aspiran, sea sede de una potencia mundial, históricamente defensora de los intereses israelíes.
Un país asestado por atentados terroristas, entre los que se recuerda el del 11 de septiembre de 2001, aún presente en la memoria de los norteamericanos, profundizándose este sentimiento cuando pasean por el reconvertido en Ground Zero, recibe ahora advertencias sobre lo que significa cruzar "una línea roja para los musulmanes" y la ira que en ellos despertará. En los Estados Unidos y en el mundo.

Desde la Organización de Cooperación Islámica, se anunció una cumbre de los 57 países que la componen, ante este reconocimiento.
Si bien la determinación de la ubicación y su construcción llevarán entre tres y cuatro años, se firma nuevamente una derogación para mantener la embajada en Tel Aviv como se ha venido sosteniendo a lo largo de varias gestiones y como lo hace el resto de los países, cuando por una ley de 1995, se decide aceptar o no su traslado. Se firma la derogación pero se prepara el traslado.

Jerusalén es una ciudad sagrada, tanto para los cristianos como para los judíos y musulmanes. Bellísima me dicen los que han tenido oportunidad de visitarla. 
Los países con excelentes relaciones con Israel mantienen sus embajadas en Tel Aviv. 
En 1947 la ONU aprobó una resolución por la que Jerusalén sería una ciudad administrada por este organismo durante 10 años. La guerra del año posterior dejó sin efecto el acuerdo y quedaron los israelíes controlando el sector oeste, mientras que los árabes lo hacían en el este.

Desde 1967 Israel controla Jerusalén. Y si bien el mundo sostiene que la definición sobre cuál es la posición que definirá la situación será en el marco de la negociación entre dos Estados, si nos remitimos a conclusiones de reuniones de organismos internacionales, la declaración y efectivización de la misma por parte de Trump, rompe con esta tendencia, porque trae aparejada un reconocimiento de los Estados Unidos como capital de Israel.

"Hago un llamamiento desesperado para que todos se comprometan a respetar el status quo de la ciudad, en conformidad con las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas", afirmó el Papa Francisco, cuyos reclamos se unen a los de la ONU, China, Turquía y otros.

¿Trump escuchará a la comunidad internacional? No suele hacerlo. Sigue sus propios pasos. Lo escucharemos afirmar que está cumpliendo una promesa de campaña y hará saber a todos, una vez más que Netanyahu, el primer ministro israelí, es uno de sus principales aliados.

El reconocimiento de los Estados Unidos de Jerusalén como capital de Israel es extremadamente sensible. Debe imperar la prudencia. Y resolverse mediante negociaciones y diálogo.

por María Belén Aramburu


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