El dinero que va a la corrupción no va a la gente


El dinero que va a la corrupción no va a la gente.
El dinero que va a la corrupción se queda entre los corruptos.
El dinero que va a la corrupción no va a cubrir las necesidades de la población en cuanto a su salud, educación, seguridad y asistencia.
El dinero que va a la corrupción se mantiene en un circuito perverso que es de donde surgió.
La corrupción genera un impacto negativo al producir y, desde ya, consolidar, la desigualdad social, cuando se protege a redes de complicidad entre estratos políticos y económicos.
La corrupción transgrede las normas legales y los principios éticos. Se extrae, de este tipo de conductas, un beneficio personal o para personas relacionadas, incumpliendo de manera intencionada el principio de imparcialidad.
El tráfico de influencias, el soborno, la extorsión, el fraude, malversación, impunidad, uso ilegitimo de información privilegiada, se ven reflejadas en acciones tendientes a, por ejemplo, ganar una licitación a cambio de la entrega de dinero a un funcionario público, pagar una dádiva o una coima para obtener algún tipo de beneficio en el caso de la corrupción en el ámbito de la política y la economía.
La corrupción es la contra cara de la transparencia. 
La transparencia es garantía, confiabilidad.
La confianza es fundamental en el andamiaje social que se entrelaza y vincula permanentemente con la política a través de sus instituciones y engranaje de la administración pública. 
Corrupción significa romper, pervertir, descomponer.
Los actos de corrupción son ilegales e ilegítimos. Debilitan los lazos comunitarios.
Para que se restablezca la confianza en la trama social, la búsqueda de la verdad, el encuentro con ella, la acción de la justicia, la sanción correspondiente, el cumplimiento de la pena, deben hacerse visibles para que con la aceptación de la comisión de este tipo de acciones, arrepentimiento y enmienda, la sociedad tenga la posibilidad de restablecer relaciones confiables y duraderas, basadas en proyectos comunes y de largo plazo.
Y el cambio aparece aquí como lo absolutamente necesario.
Se empieza a producir la transformación luego de la aceptación de una realidad que se pretende modificar volviendo a los valores fundacionales que hacen de la vida republicana y democrática un quehacer diario, accesible y posible.
La impunidad debiese ceder el terreno a la construcción creativa de una sociedad sólida y consistente en una conciencia moral colectiva.
La psicopatía que está siempre presente en los actos de corrupción, en los cuales no hay sentimientos de culpa, ni arrepentimiento y menos de enmienda para quienes se vieron perjudicados por ellos, debe quedar al descubierto para dar lugar a la empatía.
Cuando la sociedad siente empatía, las personas se ayudan entre sí. Aparece el altruismo y la capacidad de ayudar.
La aparición de lo positivo correrá el péndulo y evitará o, al menos, disminuirá, los casos de corrupción.
Porque el dinero que va a la corrupción no va a la gente.

Por María Belén Aramburu.



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